Una de las primeras cosas que aprendí con Lu fue a interpretar algunas de las formas que se encuentran en el cielo (aunque fui mal alumno y aprendí muy pocas). En particular siempre atrapa mi mirada Orión, un grupo de estrellas que puede interpretarse como una persona, cuyo cinturón forman las tres marías.

Aprendí también a prestar atención al cielo, ya que aún con el ojo desnudo se pueden ver unas cuantas cosas interesantes. Por empezar, cada tanto se puede ver el paso sigiloso de un satélite (que se ve como una estrella fugaz, pero con una trayectoria clara e invariable). Con un poco más de suerte, se puede ver un asteroide, un meteorito o algo por el estilo, de los cuales uno sólo vi en mi vida, y espero tener oportunidad de ver muchos más.

También, si se presta atención, se puede distinguir alguno de los planetas. Es bien sabido que muchas veces se los puede reconocer porque, al contrario de las estrellas, no titilan. Menos sabido (aunque fácilmente deducible) es que si se espera un tiempo razonable, se tiene que encontrar un desplazamiento de los planetas con respecto al fondo de estrellas (aunque no es muy práctico seguir un puntito blanco en un fondo de estrellas, sí resulta interesante notar que ese movimiento sucede). Y hablando de movimientos, por supuesto que si se esperan tiempos suficientes, se llegan a ver los desplazamientos de la luna y del sol (que son muy evidentes), pero también la rotación en círculo de todo el conjunto de las estrellas, en realidad causada por la rotación de nuestro planeta alrededor de su eje.

Aunque hay muchas cosas más que se pueden mirar, creo que alcanza para ilustrar el punto: que en las noches de cielo claro el cielo puede ser interesante y divertido; y que se puede dedicar el tiempo a muchas cosas más divertidas que a contar las estrellas, sin tener que volver la vista al suelo.