Hace no tanto, finalmente aprendí que son inútiles las categorías para las personas, cuando se las quiere utilizar para prescribir y no meramente para describir.

Podemos describir a alguien como una persona amable, y eso nos puede ser útil para hacer pequeñas predicciones sobre su comportamiento futuro, pero ni siquiera de ellas deberíamos fiarnos mucho. Podemos etiquetar a alguien de acuerdo a su profesión, y llamarlo abogado / profesor / cerrajero / físico / médico / escritor, pero difícilmente con esa sola palabra podamos dar completa figura de lo que esa persona es capaz de hacer, y de lo que a esa persona despierta pasión.

Creo que las categorías en las personas pueden ser sumamente perjudiciales, sobre todo cuando se las trata de usar para la prescripción del propio comportamiento. Existe siempre la tentación de decir “epa, yo soy X, y por tanto debo hacer Y“; para decir un ejemplo tonto: “yo soy abogado, debería comportarme como un tipo serio y solemne“. Pero creo que esas pequeñas inferencias cotidianas son casi siempre un error.

Es que de todos modos ninguna categoría puede llegar a hacer justicia completa a una persona, excepto que la persona sea en realidad increíblemente chata y poco original, o que sea exageradamente prototípica.

Esto nos deja, en definitiva, a nuestros propios medios para saber cómo vivir, qué hacer, y cómo ser. Pero esto es perfectamente natural: después de todo, somos humanos y la ambigüedad y la falta de lógica reinan en nuestras vidas. Y de cualquier modo, seguramente así es como debería ser.